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El agite de los gobernados. De cómo volver al Fin de Siglo.


Por: Juan García. Fotos: Agustín Sollberg, Loli Godoy, La Cruda.


El pasado sábado 28 de diciembre La Cruda volvía una vez más a los escenarios santafesinos rememorando los 20 años de “Las fiestas de fin de siglo”. Las crónicas habituales, centradas en lo que sucede arriba del escenario suelen hacernos olvidar de los “de abajo”. Visibilizarlos constituye una apuesta poética y política. Proponemos entonces rotar la escena y ampliarla. Volver a aquella noche para hacernos otras preguntas ¿qué pasa con esa comunidad de desconocidos que se reconocen en el agite, que se han abrazado infinitas veces sin saber, ni preguntar sus nombres? ¿Qué circuito de afectos y sensibilidades se ponen en juego? ¿Qué comunidad de los sin comunidad se crea en cada regreso de La Cruda? Para explorarlos trazaremos un recorrido por tres estaciones: breve biografía al ras de la banda, crónica a destiempo del recital y la pregunta por la poética “cruda”.


1. La complejidad de lo salvaje

Recapitular, entonces, para entender. Hartos del silencio, a mediados de los ´90 en pleno neoliberalismo a cielo abierto, constatable “mundo choto”, unos no tan jóvenes guadalupenses irrumpen con un rock crudo en la escena local. Recitales lumpenes, casas devenidas en fiestas, espacios como ghettos de los que no se quedan quietos. Irradiación de fiesta primitiva, alegría donde era posible mantener esa llamita encendida cuando las ilusiones del siglo XX nos daban la espalda. De entrada llamó la atención, a nuestras sensibilidades, la intensidad de la propuesta. La Cruda emergía como una banda singular que conjugaba un rock de poderosa distorsión, grungemixturado con metal: riff potentes, mediados con cortes armónicos, temas donde el bajón de intensidad pareciera tener el mero pretexto de volver a subirla. El estruendo de una potente batería, la sagacidad oportuna de un bajo y una inconfundible voz relámpago capaz de surfear melódicamente la crudeza del sonido y agregarle cierta ternura o un aullido no-humano. El rock de La Cruda es un maridaje exótico de varios elementos. La complejidad de lo salvaje. Imposible no ser afectado.

Con estos condimentos la banda se posicionó rápidamente como referente en la escena local. Del lumpen al under hay trecho y aprendizaje. Hacia 1999 la edición en forma de disco de “Las fiestas de fin de siglo”, registro del recital en el ¿bar? “Imposible” de Buenos Aires fue la mejor expresión de una época: circuito under, experiencias, escabio, desborde, desoriente, pero también apuesta vital de los cuerpos que se amuchaban para refugiarse y preparase a la inminencia del estallido.

En este sentido, las fiestas de fin de siglo anunciaban la continuidad el rock como puro agite frente al anunciado “fin de la historia” y otras resignaciones. Primera lección de la política roquera no planificada. Frente al desencanto y la conformidad general, la reacción vital y rítmica (casi instintiva) de ocupar y de crear espacios -presintiendo que la precariedad no era pasajera- para poder agitar otra cosa. Apuesta a la autogestión de la transformación propia mediada siempre del afecto de los otrxs y sus riesgos. La fiesta como aguante, con sus ambivalencias (romper, pudrirla, etc.), pero en definitiva como creación, refugio vital y tiempo otro, siempre nuestro.

La historia luego es conocida. El salto de La Cruda en 2006 con “Mente en cuero” fue exponencial en todo sentido. Disco que expresa la madurez fermentada, la combinación virtuosa de todos sus elementos. Luego, en el mejor momento de la banda el impasse indefinido y la bifurcación de proyectos. A diferencia de otras separaciones la banda tuvo sus vueltas 2010, 2012, aquel recital de la consagración en la Estación Belgrano (2017) y por último, el pasado diciembre. ¿Sabio es volver?


2. Un pacto de fuego

28 de diciembre. Fecha fuera tiempo, parafraseando a otra banda santafesina. Horario de la cita: 21 horas, lugar el “nuevo” Tribus. Ya cerca de las 20:30 se empiezan a congregar los cuerpos. Algunos no avivados, confiando en la hora pautada, ingresan temprano. Otros, con cierta decepción los miramos desde afuera sabiendo que aún falta y que es allí el lugar predilecto para la ranchada. Outside los lugares de la previa se distribuyen marcadamente: mesas de la vereda donde se toma porrón y pintas artesanales, en frente, en la zona de los carris, predominan latitas conservadoras y birras a pico. (Nota al margen: la cerveza artesanal ha destruido ciertas complicidades. Cara, individualizada, difícil de compartirla es la contracara de la birra en descartable que era pura posibilidad de la hospitalidad hacia el otrx.)

Los anónimos van llegando poco a poco. Se reconocen con un gesto apenas perceptible. Pieles marcadas, curtidas, rostros y figuras que guardamos en la memoria del cuerpo. Ignoramos exactamente de dónde, de qué y cuántos agites nos reconocemos. Son nuestras alianzas sin nombre. Comunidad no-organizada de los extraños que se reconocen en el pogo y en la distancia. ¿Qué nos une con esos cuerpos, cuyos nombres, trayectorias no conocemos, qué comunidad les cabe a los sin comunidad? “Somos del palo”, decimos en el intento de brindar rápidamente una identidad, una forma a lo definitivamente amorfo. Primado de lo inclasificable. Ser del palo quizás tenga menos que ver con los rasgos que definen una identidad cerrada, que con poseer una sensibilidad abierta y curiosa, capaz de afectar y dejarse afectar por los otrxs.

Cerca de las 23 cruzamos la puerta. Otro mundo nos espera. Constatamos: adentro los cuerpos ya se han trasformados. Las ansias a mil ¡Qué empiece! lanza instintivamente alguien. Se registran los últimos movimientos en el escenario de los encargados del sonido. Se apagan al fin las luces y se prenden las llamitas. Las nuestras. El juego de emociones alcanza un quiebre cuando suena la intro de “La Tentación”. Un limbo temporal se abre… Un regreso que no es nostalgia ni memoria. El pasado regresa como una afección rítmica, corporal bien presente, bien sensible. Experiencia de romper la linealidad de los trabajos y los días, otra vez. “¿Cuánto decís que tocan?” preguntó un despistado afuera. ¿Qué importa cuánto vaya a durar? De entrada se rechaza el tiempo cuantitativo como criterio de medición de la vida. Como interpeló alguna vez Barthes “¿por qué es mejor durar que arder?”.

Frase no más adecuada. Arriba y abajo, se arde. La temperatura altísima, el calor no da tregua. Los precios de la birra, nada cuidados. El sistema de ventilación permitía al menos un respiro (psicológico). Sin embargo, tanto arriba como abajo la energía no se escatimaba. Sudor como emoción del cuerpo. El histrionismo escénico de la banda (parte de su marca registrada) dialoga siempre con el agite de abajo en un ida y vuelta, en un intercambio de sudor, alegría, pogo, mueca, baile donde las fuerzas no se suman; se multiplican. “Tiren calor que la voz de hoy es de hielo”.

La lista de temas, épica. Entre otros sonaron Agua en las bocas, Germen, Metra-yeta, Migral, La Conexión, Tiempo en Reversa, Comarca, La voz del Limbo, Humanidad, Figurado, Cruce hormonal. El cierre con Júpiter, tan potente como exquisito. Aplausos, saludos y selfie con los de abajo.

Salimos y se inicia la diáspora con el anhelo de otro regreso. Volver a lo nuestro pero con el cuerpo cargado de afectos. Sabio es volver porque la vuelta no es repetición, ni nostalgia, ni rememoración. Sabio es volver porque volver es traer el agite del pasado al presente, abrirle líneas de fuga, preguntas para imaginar o flashear otra. El rock no es mera expresión de una cultura, no es mero entretenimiento, sino que puede ser potencia, de limarnos, de afectarnos, de cambiarnos, de crearnos.


3. Poética cruda: sentidos se endiablan.

¿Cómo alimenta la “poética cruda” a esta comunidad de los sin comunidad? ¿Qué movilizan sus letras? ¿Es posible rastrear o pensar una política de su poética? Para ello, quizás, sea preciso alejarnos de la tentación de deducir de las letras principios políticos o afinidades con los aparatos partidarios. Debemos abrir lo que entendemos por política y entender que el arte hace política desde el momento en que se relaciona con modos los percepción, sentir, imaginar que ponemos en juego con eso que llamamos realidad. La política es siempre la configuración de un mundo específico de experiencia donde se juegan actos, palabras, imágenes que lo reproducen o lo subvierten. En este sentido, es posible arriesgar una hipótesis: puede pensarse la poética de La Cruda como una política de la percepción e imaginación, cuya capacidad emancipatoria radica en proponer un “juego” con las imágenes que interrumpen cierta habitualidad. Las letras “crudas” tejen un movimiento aberrante de las imágenes, deslizamientos que escapan a una coherencia o lógica secuencial clara y distinta. En este montaje, las imágenes no operan como representación de algo externo –lo real ya dado- sino como interrupción, desacato y alteración de la percepción habitual. En este sentido, la imagen no es algo frente a lo cual se está pasivo, estas nunca están acabadas, permanecen abiertas. Habilitan la posibilidad de desarmarlas, componer y descomponerlas indefinidamente. Lejos de la analogía con el puzzle, en este “juego” no se trata de llegar la imagen verdadera, sino en atreverse a moverlas para que emerjan otras figuras. Juego cuyas reglas no están prescriptas, sino que demandan la acción y el pensamiento del afectado.

“La conexión delirada” constituye un buen ejemplo de esta lectura que proponemos. En primer lugar, la propuesta es allí de establecer una conexión deliberada con lo real. No de representarlo, reconstruirlo fielmente, sino delirarlo. “Sentidos se endiablan, sueños reales, deformidades más de lo imaginabas”. La percepción delirada/endiablada como forma de poner un exceso a la tranquilidad de lo dado, a lo obvio, a la inmutabilidad del orden. Exceso que puede ser puesto en juego por cualquiera ya que se rechaza la maestría de los sabios. “Ya sé, no me expliqués”. Nada que explicar, aceptar la movilidad y animarse a ver/se siempre “desde otro ángulo”. Desfigurar lo habitual a la vez que desfigurarse. Mutar de rostro, habla, sentido para mutar de mundo. Animarse a “robar los sentidos ajenos”, así “se abren las puertas de la percepción”.

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